El tejedor en el foro

Ruibal en el Foro del Tejedor. Su presentación en México

Ruibal en el Foro del Tejedor. Su presentación en México

Foro del Tejedor. Y allí se tejieron una a una miles de notas, de sentimientos, de deseos que llenaron la noche de música y poesía. Afuera llovía, a mares. Y adentro, toda la calidez del sur calentó nuestras almas.

Foro del Tejedor. Y fue el tejedor el que nos fue atrapando con su guitarra sin límites, con su versátil voz, con su música de otros mundos, de este mundo, en una red de coplas que contiene todo el cariño y todo lo de uno mismo que se vierte en la artesanía.

Foro del tejedor. Y ni un resquicio del foro quedó sin música. No sé cómo lo hace el maestro, misterio, para que una guitarra y un trovador regalen tanta música cuando alcanzan esa simbiosis. Ruibal en concierto obra un milagro, y tengo quinquenios asistiendo a él, porque la imposible manera de tocar y los miles de matices de su voz hacen que no necesites más, que no eches en falta más orquestación, que incluso te lleguen a sobrar si están; porque la música de Ruibal es tan honesta, su complejidad es tan sincera que los artificios terminan chirriando.

Me descubrí recitando cual letanía cada una de las letras: Agualuna, Tu nombre, Guárdame, Para llevarte a vivir, el Ave del paraíso. No tiene ciencia, ninguna, Ruibal es probablemente tres cuartas partes de la banda sonora de mi vida. Y tras años de devoto empape de su discografía aún sigo sorprendiéndome, al re-escuchar discos trillados de tantas vueltas, con frases y matices que no había advertido, con sentimientos nuevos que no había encontrado. En el foro del tejedor llegué a emocionarme hasta las lágrimas con todo lo que llegué a sentir. Es parte de la magia de la música. En directo. Y es parte de la magia del tejedor que vino de Cádiz.

Dice Ruibal que sus letras hablan del amor, un amor que nos llena pero no nos satura ni nos limita, que nos acompaña pero no nos atosiga, que es sensualidad, sexo, complicidad, entrega. “Yo quiero que me quieran así”, ésa es para el maestro la clave de por qué nos llena su música. Y puede que sea sólo eso. Y yo quiero que me quieran así. Como se llego a querer y a cantar en el Foro del Tejedor, la noche en que Javier Ruibal se presentó en México, la noche en que afuera llovía a mares y dentro nos llenamos de calidez. Y la noche en que me sentí más viñera de postín que nunca. A 8000km de mi casa en la Cruz Verde.

#güeritaenmexico

Y así comenzaba mi aventura. De la mano de Manu

Y así comenzaba mi aventura. De la mano de Manu

Aquí casi que no soy Taite, no. Aquí soy güerita para casi todos los que no saben mi nombre.

Güerita me gusta porque no tiene dobleces, es puro cariño. Es curioso que para la RAE sea lo mismo el apelativo que usan en México para las rubias que algo vacío o hueco (la RAE dando la razón al viejo mito). Hace ya casi dos meses que soy güerita en un país que me ha dado la bienvenida con toda su riqueza, con todas sus similitudes y sus diferencias con el sitio desde donde vengo, con toda la amabilidad que rezuma, con todo su colorido, con todas sus contradicciones.

Hace casi dos meses ya que me embarqué en esta aventura que está resultando dura a la par que fascinante. Hace casi dos meses que decidí dejar una etapa atrás y abrir un paréntesis que me permitiera seguir aprendiendo, continuar acumulando vivencias que poder atesorar. Hace casi dos meses que vivo en otro huso horario, en otras costumbres, en otra gastronomía, en otro lenguaje. Y sobre todo, con otros desafíos que nada tienen que ver con lo que venía haciendo, incluso tampoco con lo que venía siendo (o sí). Si se trataba de salir de la zona de confort, aquí lo hacemos por la puerta grande. Y conste que no sé si esto es realmente bueno o si tiene si acaso un punto de locura.

No se trataba tanto de cambiar mi vida, que también, pero no fue el punto de partida. No. Se trataba de no perder una oportunidad que se me brindaba de embarcarme en una aventura, en un nuevo reto, abriendo mi mente y mi bagaje. Hoy alguien ha llegado a este blog por un alambicado camino (“a veces quisiera que todo cambiara”) y más allá de la reflexión de que nunca he tenido a Google por un oráculo (desconozco qué extraño algoritmo ha funcionado), no he parado de pensar en esa necesidad de ruptura que en ocasiones se siente y asfixia. Hay quienes se cortan el pelo, se lo tiñen de un color extraordinario, hay quienes se compran un coche, una bici o lo que sea, hay quienes simplemente conviven con él. Igual yo no habría hecho nada, no, no era el punto de partida cambiar mi vida. Igual no soy tan valiente como Fátima (ni me quedaría tan bien el rojo). Solamente me subí a un tren que pasó por mi lado, que vino hacia mi, en forma de confianza, de entusiasmo, de brillantez y de valentía (y conste que estos adjetivos no son para mi sino para quien me jaló de la mano y me propuso como destino un Destino en México).

Siempre he sentido el apoyo de los míos, el cariño y el soporte. Pero en esta aventura los he tenido realmente cerca, los sigo teniendo cerca. Me han animado, me han acogido, me han despedido, me siguen teniendo en sus vidas como si 8000 km no fueran nada. Desde mi jefa, mi otro jefe (el anterior), mi nuevo jefe (acumulo jefes, que ya son amigos y amigos que ya son jefes), mis amigos, mi hermano, mi cuñada, mis padres, todos han compartido esta aventura conmigo haciéndome sentir una persona realmente afortunada. Y cruzando el charco, en este otro hemisferio, también he encontrado a personas que me han acogido en su vida, que me brindan su cariño y profesionalidad, que me hacen sentirme en casa, también aquí.

Y aquí estoy. A unos días de llevar dos meses de güerita. Siendo yo en otra circunstancia. Intentando estar a  la altura del reto y de la confianza que han depositado en mi. Y sobre todo intentando beberme cada segundo y comerme (de la gastronomía maravillosa y la distorsión que llega a España hablaremos en otro momento) cada sabor de cada día. Porque todo lo que estoy viviendo es mi mejor riqueza.

P.D. No es que tenga esto olvidado, no. Y las palabras, los pensamientos, los sentimientos y hasta los cada vez más escasos casos se me acumulan en la punta de los dedos y me cosquillean. Es sólo que no me da la vida para más. Prometo volver y seguir contando.

 

Las seis familias de Cádiz

Hay un Cádiz que dista de Barcelona apenas diez kilómetros. Hay un Cádiz que vive de la pesca y la agricultura. Hay un Cádiz que ha perdido población a marchas forzadas. Hay un Cádiz que fue Cádiz y que ya no lo es.

Ebongo es un pequeño pueblo de apenas una docena de casas que se asienta a la orilla de la playa en la costa de Guinea Ecuatorial. Se accede por una pista que se desvía a la derecha unos kilómetros antes de llegar a Punta Embonda. Fueron los colonialistas los que pusieron a este paradisíaco enclave el topónimo de Barcelona, de la misma manera que a Ebongo le llamaron Cádiz. Curiosa costumbre la de borrar lo más identificativo de un lugar: su nombre, para importase el de la tierra patria (de la del poderoso). Se cree que fue un comerciante español que compraba coco en la zona para exportarlo el que decidió que Ebongo fuera Cádiz (ésta sí que con más negritos). El potestado no volvió, la colonia terminó y los ecuatoguineanos recuperaron sus nombres, su país, su identidad. O tal vez no del todo.

De aquella época, de la colonia, en Punta Embonda sólo queda un viejo faro en desuso –ninguno de los que hay en la costa guineana funciona—y en Ebongo sólo el recuerdo de que en algún momento sus lugareños eran también gaditanos.

Pedro es uno de estos gaditanos de Ebongo. Uno de los miembros de las seis familias que hoy pueblan esta localidad que antaño fue mucho más importante que ahora “llegando a tener más de cien habitantes”. Ebongo –Cádiz— se ha ido despoblando porque las familias han emigrado a Bata o a España. “Quienes emigramos acabamos siempre en la ciudad”, concluye Pedro que, aunque uno de los que han salido del pueblo, reconoce que quiere volver. Y que no es el único. Y para ello, junto a todos los hermanos, está arreglando la casa de su familia. Hoy (esto lleva escrito desde 2012) se está levantando en este alejado enclave una pequeña vivienda de material permanente: todo un lujo en la zona, que se complementa con unas vistosas (y ectópicas) columnas dóricas a modo de porche.

Una casa de material es todo un lujo

Una casa de material es todo un lujo

“Los jóvenes estamos intentando volver a la tierra que dejaron nuestros padres”, explica porque, añade, “el sitio es precioso aunque esté deshabitado”. Y ahora tienen la ventaja de que ya llega la carretera –una amplia pista que se embarra si llueve como lo ha hecho en mayo (de 2012)—porque antaño, para ir a Bata, había que deshojar horas de caminata por la playa –un ratito a pie y otro caminando– o echar mano de un fueraborda, si era posible.

Ni Puertatierra ni Cádiz, Cádiz. Ni guacamayos y lechuguinos. Y ni rastro –gracias a Dios—del manido y chabacano “esto es Cádiz y aquí…”. Los habitantes de Cádiz-Ebongo pueden contarse con los dedos de las manos y viven humildemente de lo que les da la naturaleza: de la pesca –la playa se salpica de algunos cayucos y redes con las que extraen del mar alimentos para el día a día— y de la agricultura, también de agricultura, porque aunque la selva comience a perfilarse a pie de playa, entre la frenética flora hay plantaciones de plátanos que se colecta y comercializa.

De la selva llega otros elementos básicos para su alimentación, como la tortuga, que mejora el pepe sup y que en aquellas tierras es una exquisitez que engrandece los platos más preciados.

Sebastián enseña su caza, una jugosa tortuga

Sebastián enseña su caza, una jugosa tortuga

Sebastián es un cazador de una población cercana que ha conseguido hacerse con una. La vende por 5.000 francos (unos siete euros), lo que hace que su jornada sea de lo más fructífera. La vieja tortuga, superviviente en mil aventuras, arrastra en su caparazón tajazos ya cicatrizados y se arrastra por la ingrata selva con sólo tres patas. Merece una nueva oportunidad que viene de la mano de Myriam y Edu, quienes la compran para liberarla (a escondidas de los ojos de Sebastián por si pudiera caer en la tentación de volverla a capturar por aquello del doble rendimiento).

 Los restos de la iglesiaEl Cádiz que fue Cádiz por imposición y del que no existen referencias en Google (la localización se basa en la fe en los recuerdos de los lugareños) tiene una vieja iglesia en desuso, un pequeño consultorio en desuso y apenas una decena de casas. El Cádiz que fue Cádiz por imposición tiene una playa sin plata quiera pero con palmeras, con redes y alguna barquilla (con o sin gracia en la quilla). El Cádiz que fue Cádiz por imposición cuenta apenas con seis familias, con otras tantas casas, se está despoblando y tira del recuerdo de lo que llegó a ser… Caramba, qué coincidencia.

¿No se trataba de generosidad?

¿A qué asociáis esta imagen?

¿A qué asociáis esta imagen?

Llevo encasquillada en la recámara una reflexión desde hace unos meses (igual llego desfasada). Y aprovecho también para traer este caso y volver al germen de este blog (espero estar a tiempo). Dos pájaros de un tiro.

Coordinador de trasplantes que, tras sufrir durante meses el ajuste presupuestario, llega con una proposición.

-Queremos hacer una jornada muy participativa, con muchas personas y necesitamos hacer camisetas.

-Sabes que lo primero que ha caído ha sido el merchandising.

-Pero tengo la solución: un banco nos las patrocina.

Estuvimos valorando durante un tiempo la oportunidad o no de que un banco patrocinara unas camisetas que iban a servir para un flashmob con motivo del Día del Donante de Órganos. Al final fue que no; entendimos que no era bueno mezclar el concepto de la generosidad que posibilita todo el proceso del trasplante con la marca de una entidad bancaria, que representa lo pecuniario, lo monetario, lo crematístico. No, perdón, no era que no fuera bueno sino que era contraproducente.

La comunicación no es sólo lo que se cuenta, lo que se escribe, sino que tiene mucho de lo que parece que no está pero está y afecta al mensaje. Se basa en marcos mentales, en ideas que terminan condicionando lo que decimos y modificando las decisiones y percepciones. Que en la imagen que iba a recibir la sociedad de un acto de promoción de la donación de órganos apareciera el nombre de un banco nos parecía lo más alejado a la idea que queríamos transmitir; y que iba a terminar perjudicando el mensaje.

He recordado esta anécdota cuando hace poco pude ver al director de la Organización Nacional de Trasplantes como parte de un anuncio de un banco. La palabra solidaridad asociada a un banco es antagonismo puro. Es una trampa a la que no sé cómo se han prestado. La imagen de uno de los sistemas más valorados por la sociedad ligada a un banco es perversión. Y no sé cómo se han prestado.

Y sin contar con la utilización tan llamativa del “mi” y la personificación en una red como la de los trasplantes en la que lo que realmente importa es cómo se compromete y trabaja cada uno de los profesionales de cada uno de los centros hospitalarios. El éxito del modelo de trasplantes de España es el “NOS”, el trabajo en equipo, el engranaje perfectamente engrasado. Y la generosidad. Y el compromiso. ¿Ven algo de estos valores en un banco? ¿O en ese “mi”?

Me ha vuelto esta idea a la mente hace apenas unas semanas, cuando el protagonista de esta imagen (que se ha replicado en todas las oficinas bancarias de España) anunció públicamente que había desmontado un caso de venta de órganos y defendió a capa y espada el carácter altruista del modelo y que nunca se permitirá el intercambio monetario en este proceso. ¡Vaya, intercambio monetario…! ¡Vaya, transacción interesada…! ¡Vaya, 40.000 euros…! Conceptos, todos, contrarios a la ONT y que validó ese mismo señor al aparecer como imagen de un banco. No sé cómo se ha prestado.

Lo inesperado

Aquí, algunas de las cosas que puede hace Siri en mi móvil

Aquí, algunas de las cosas que puede hace Siri en mi móvil

Sorteaba la vida y aprendía la profesión arrinconada en un ordenador burocratizando planillos y cerrando páginas en un veterano periódico local, en una sección olvidada a la que nadie quería llegar. Me enfrenté al oficio al que amaba conociendo la mediocridad de los jefes que vuelcan en sus subordinados las miserias y las venganzas, la de los compañeros que miraban a otro lado; pero también la grandeza, la rigurosidad y el compañerismo de quienes compartían conmigo los peores momentos y los mejores, quienes alimentaban mis ganas y mi inquietud dándome temas con los que ir desanquilosándome, dándome aire entre tanta asfixia. Con ellos compartí también copas y madrugadas, y reflexiones, y la importancia de la gente, y de la calle. Lo que también es periodismo. O lo que sobre todo es periodismo.

Y cambié de tercio. Ni lo había planeado, ni lo tenía pensado. Ni siquiera me lo pensé. Llegó, me subí. Fue un enorme regalo de cumpleaños que me vino envuelto sin mas: la promesa de aprender en un mundo fascinante, de poder sorprenderme a diario y de conocer a gente maravillosa. Si los escarceos que había tenido antes eran más con lo local y con lo cultural, desde aquel 23 de mayo de 2005 me sumergí sin pensármelo en el mundo de la salud, tan desconocido, tan fascinante, tan prometedor. Con paciencia y fascinación fui aprendiendo, empapándome de todos los profesionales que me arroparon en mi camino, de toda la sabiduría de una casa (institución) maravillosa. Comencé a conocer y valorar desde las mismas entrañas el valor de lo público y el privilegio de formar parte de ello.

Y como última pieza de una sorpresiva cadena (el inicio fue el nombramiento de un ministro) terminé comprometiéndome a otros niveles con lo público, con la casa, con las gentes. No iba a ser capaz, lo tenía claro. No entendía por qué era yo. Pero era sólo por nueve meses, sólo eso, y después volvería a la normalidad. Seis años más tarde y aún con la columna del debe llena de retos a los que no he llegado, de cosas que no he conseguido hacer, de no ser todo lo buena jefa que me hubiera gustado y sin entender aún por qué fui yo, miro hacia atrás y sólo soy capaz de sentir agradecimiento por todo lo que aprendido, por toda las personas de las que lo he hecho, por seguir empapándome de compromiso, integridad, vocación pública, pasión por las personas, por el trabajo, por el día a día. Me asombra comprobar el poso tan grande de conocimiento y de madurez que todos estos años me ha dejado. Me asombra comprobar que me ilusionaba cada nueva cosa que aprendía. Me asombra comprobar lo que he disfrutado a pesar de lo duro que ha sido el camino.

Sin esperarlo, una vez más, tocó cambiar de rumbo, dejando atrás una etapa tan feliz. Sin esperarlo, una vez más, ha pasado ya medio año aprendiendo de nuevo, desde cero, con humildad y la misma sensación de entonces: no voy a ser capaz. Sin esperarlo, una vez más, la vida me brinda la oportunidad de seguir empapándome, de conocer a nuevas personas, hasta de frustrarme. Probablemente nunca haya decidido por mi misma salir de la zona de confort, aquella que haya sido en cada uno de los momentos. Y no sé si eso es bueno o no. Nada ha sido premeditado, siempre ha sido inesperado, y me he sumado a los retos con más osadía que otra cosa.

Han pasado seis meses de estudio duro, de adaptación, de aprendizaje. Y aún no ha acabado porque sigo sintiéndome incapaz. El mundo es otro, las palabras son otras, los conceptos son otros pero sigue tratándose de la vocación pública y del compromiso con las personas.Quién sabe cuánto más de inesperado me espera a la vuelta de las esquinas y hacia dónde me llevarán.

P.D: Siento si he tenido esto un poco abandonado pero lo inesperado tiene esas cosas. También estas cosas.

Qué fuerza tienen

Decorado de Ay Carmela en muestra de los Goya en Sevilla

Decorado de Ay Carmela en muestra de los Goya en Sevilla

Tal vez algún día, tal vez, se llene este vacío que hoy habita donde antes hubo tanto. Han sido las palabras, ya ves qué fuerza tienen, las que han barrido sentimientos y recuerdos, ilusiones y sinsabores, alegrías desbordantes y desencantos. Apenas unas palabras, ya ves qué fuerza tienen, y todo se ha desintegrado dejando lugar a la nada. No es dolor, no; ni nostalgia, tampoco; ni siquiera rencor lo que ha quedado. No. Simplemente no hay nada. La decepción tiene eso, sobre todo cuando es tan grande, desmonta los sentimientos y los relega al olvido. Y no te deja ni un pequeño resquicio que te arranque una sonrisa. Porque ya no hay nada de lo que antes había. ¿Lo había? Porque han sido unas palabras, ya ves qué fuerza tienen, las que han puesto cada sentimiento en su sitio: los tuyos donde debían estar y los míos en el justo sitio del que no debieron salir. Y tanto tiempo se resume en unas palabras, y tanta fuerza se desvanece en unas palabras y todos los recuerdos se limitan a unas palabras. Ya ves qué fuerza tienen.

Respeto a las palabras

¿Un abrazo?

¿Un abrazo?

No, ni tienen una diéresis, ni albergan un diptongo, o un hiato, no. No contienen ninguno de estos elementos que pueden hacerla sofisticada, distinta, distinguida, exótica, no. Igual ni siquiera son perfectas, en el delicioso concepto de perfección de las palabras que puedan tener algunas personas. Son palabras -hay palabras- simples, cotidianas, casi manidas que pasan desapercibidas en nuestro día a día pero que contienen tanto que casi da vértigo echar mano de ellas.

No es tanto la palabra en si: cinco letras, tres vocales, dos consonantes y ni una mísera tilde; sino todo lo que alberga en ella. Amigo es una palabra que, más allá de vocales y consonantes, está compuesta de un tanto de lealtad siciliana, de solícita disposición a estar ahí (sólo estar ahí, para cuando haga falta), de regalar payasadas en los momentos de tensión, de abrazar sabiendo que vas a arrancar las lágrimas que se están conteniendo. Amigo es una palabra que ostentan personas que me han acompañado toda mi vida o parte de ella pero para las que soy importantes y que son importantes para mi. Amigo es una palabra que sólo puede otorgarse a ciertas personas, aquellas con las que has construido universos y que te han visto crecer, reír y llorar. Un amigo (o amiga) no es un conocido, no es un allegado, no. Un amigo es una persona que te toma de la mano, que te acompaña y que te conoce. Hay personas a las que llamo amigos (y amigas) y no es un término que regale a destajo, no.

Imaginad cómo me siento cuando alguien me llaman amiga, probablemente sin saber el peso y el respeto que esta palabra tiene para mi. Imaginad el vértigo, el peso de la responsabilidad, la hiperventilación, si me apuran. Es un apelativo que se debería dar en una ceremonia, con toda la solemnidad, porque quien lo otorga está confiriendo un importante papel en su vida. Regalar “amigos” debería estar penado, como regalar “te quieros”.

Hoy cumple años MI AMIGA (en mayúsculas, oiga). Felicidades, Gordita.

Anago, mi amiga

Anago, mi amiga