Me quiero quedar con lo que me decías, más que con lo que me dijiste, porque o una u otra esconde, si acaso, una exageración. Me quiero quedar con el camino de besos en la espalda cuando por fin creí; y cuando ese pequeño universo era una promesa de un universo mayor. Me quiero quedar con cómo he sido capaz de sentirme, después de tantos años sin sentir. Y me gustaría, por qué no, que en tí también quedara el recuerdo de algo más especial que lo que me fuiste relatando cuando poníamos punto final. Me quiero quedar con risas, con caricias, con besos, con confidencias, con conversaciones a borbotones, con complicidad, con ensamblajes perfectos, con inquietudes compartidas. Me quiero quedar incluso con esa canción que no puedo oir sin que se sucedan todos estos pensamientos. Me quiero quedar con el regusto de lo que fue más que con la añoranza por lo que nunca llegó a ser. Me quiero quedar con lo bueno, con todo lo bueno.
Porque me quiero quedar. Porque me quedo. Porque me quiero.
Pintura de Aurelio Díaz Trillo que tengo en el salón de casa
Profesional sanitario que acude a alguna actividad formativa sobre comunicación y que cuando se le explica la labor del Gabinete de Comunicación termina preguntando:
- ¿Y por qué no nos defendéis de tantos ataques en los medios de comunicación?
No es la primera vez que las personas de la organización achacan a quienes gestionamos con la prensa e incluso a los directivos que no se sienten defendidos de los ataques que entienden que reciben por parte de los medios de comunicación. Creen, y probablemente tengan razón, que deberíamos dar los argumentos a los periodistas siempre que se dé una denuncia que les afecte a su profesionalidad o a su labor en la institución. Y lo hacemos, en la mayoría de las ocasiones pero no siempre aparece como nos gustaría. O ni tan siquiera aparece.
En estos casos, y con el objetivo de que se entienda de que no todo lo que se cuenta se publica ni tendría por qué, sólo nos queda explicarles de alguna manera la dinámica de los medios de comunicación y en qué consiste el criterio periodístico (que defenderé a ultranza), aunque también, por qué no, algunas dinámicas asentadas últimamente como pedir respuesta a las ocho de la tarde sistemáticamente, cuando está toda la pieza escrita; o ni siquiera preguntar. En ocasiones, intentamos responder al día siguiente y, normalmente, el espacio que se dedica a la respuesta es mucho más pequeño que el que se llevó la denuncia y por ello intentamos explicar, también, cómo se configuran los espacios en los medios y lo que afecta que haya mucha actualidad ese día o no. Y contamos el último recurso que nos suele quedar, que son las cartas al director. Probablemente no ayude tanta pedagogía porque lo que quieren es que la organización les ampare, porque se sienten indefensos, pero como es algo que no siempre está en nuestras manos, intentamos hacérselo llegar. Por nosotros no es.
Pero héte aquí que hay más opciones al alcance de todos aquellos que se sientan agraviado en alguna información. La FAPE tiene una Comisión de Arbitraje, Quejas y deontología que analiza las distintas denuncias y emite resoluciones sobre la manera de trabajar de quienes nos dedicamos a esto. Aquí os dejo la que emitió hace poco a raíz de una denuncia de un profesional del Servicio de Urgencias del Hospital Torrecárdenas de Almería a raíz de esta columna.
Imagen en una calle de Cádiz. Foto de Anago Gutiérrez
Quizás sea porque aún sigo en shock por ver cómo el shock puede que esté orquestado; quizás sea porque la lectura de La Historia Interminable, ese libro que marcó mi adolescencia, me hizo cuidarme de las ciénagas de tristeza que te hacen sentirte tan mal que siempre acaban devorándote; quizás sea porque más tarde Harry Potter trajo a mi vista y mi imaginación a aquellos dementores que te absorben la esperanza y los pensamientos positivos; pero creo que hay enemigos que acechan, malos muy malos que quieren arrebatarnos lo poco que nos queda: la esperanza, la sonrisa. Una vez conseguido, estaremos vencidos, a su merced.
Quizás sea por todo eso, o quizás no, pero como los héroes de mis novelas, estoy empezando a hacer acopio de un arsenal de armas fuertes, invencibles; armas capaces de sacarnos de la ciénaga, cuando estemos a punto de sucumbir; que puedan alejarnos a los dementores, en ese momento en que nos vayan a dar el beso mortal; que mantengan nuestros mejores atributos, prácticamente los únicos ya, a salvo de tanto embate mortal.
Yo, de vosotros, iría también haciéndome con uno de éstos porque el invierno está llegando, porque dejarnos abatir por el pesimismo no es más que ponernos a merced de todos los que quieren quitarnos el reino que construimos y que, frente al de mis libros, era de verdad. Y como saber que estáis al otro lado cuando hace falta es otro de mis alicientes, espero que sigamos viéndonos por aquí o por donde se tercie otro año más. Espero que siga habiendo tocamiento de palmas, allegados que publiquen libros y maestros que sigan creando y citas a las que no faltar. Porque todo avituallamiento es poco para lo que nos espera.
Así que os he dejado aquí mis cosas favoritas, al más puro estilo de María en Sonrisas y Lágrimas. Faltarán algunas o incluso muchas pero no era plan de ponerme pesada.
Y como wordpress se ha currado estas estadísticas, pues también os las dejo no sin antes prometer que en breve dejaré de escribir mis cosas y retomaré los casos por los que nació este blog.
Aquí hay un extracto:
600 personas llegaron a la cima del monte Everest in 2012. Este blog tiene 5.900 visitas en 2012. Si cada persona que ha llegado a la cima del monte Everest visitara este blog, se habría tardado 10 años en obtener esas visitas.
No es Alicia, no. Pero es capaz de transitar por un país de las maravillas donde nada es lo que parece: un saxofonista que es capaz de tocar dos saxos a la vez, un violonchelista que arranca del violonchelo notas apaisadas, remedando una guitarra… Y ella misma: una mujer frágil a veces, majestuosa casi siempre, cambiante, sinuosa y con una voz con tantos matices que en ocasiones parece pertenecer a una mujer frágil y, en otras, a una majestuosa mujer.
Nada es lo que parece, no. Pero en cambio la música que emanó este particular país de las maravillas era tan real, tan auténtica, tan sublime que entró por los dedos de los piés, que repiqueteaban solos desde el primer instante, hasta llegar a arrebolarte. Porque esa voz que puede llegar a ser tan profunda que te araña tu propio diafragma, tan ronca que rasga el silencio, tan ácida que da escalofríos, tan suave que envuelve tu alma, te toca, aturdiéndote, alucinándote, arrancándote las lágrimas.
Cariño, soy una tonta que cree que es “cool” enamorarse. Lo cantaba una mujer recogida que, sentada con su guitarra, podía llegar a parecer Hollycantando sobre la ventana Moon River. Pero era sólo un espejismo. Les etoiles salía de una enorme mujer de infinito traje negro, infinitos taconazos y turbador turbante que plantada sobre el escenario jugueteaba con las manos pellizcando el silencio. My one and only thrill era obra de una pianista potente y dulce, que acompasaba martilleantes compases con una voz entre melancólica y potente.
Y todas estas mujeres que es sólo una nos tomó de la mano y nos llevó por cientos de sitios, nos arrastró del éxtasis a la melancolía, del ritmo al escalofrío con su música auténtica y su voz tan personal. Apoyados en su calidez y no en su bastón, volamos a Lisboa, paseamos por Brasil, e invocamos a dioses que nos llevaron a un ritmo sin fin.
Acabamos, igual no hay otra manera de hacerlo con ella, en ese lugar sobre el arcoiris, que puede que sea el mismo que buscaba Dorothy pero que evidentemente no tiene nada que ver. El arcoiris de Melody tiene más de siete colores porque capta y refleja más luz, toda la que es capaz de emanar una diosa, una diva, una mujer increíble. Un ser sobrenatural que te da de beber en cada nota, en cada matiz, la ambrosía que sólo está reservada para los elegidos. Los que tuvimos la suerte de estar ayer en El Maestranza.
P.D. Y como me tienen que matar para no contarlo, tuve el privilegio de acercarme a ella, hablar (le dicen hablar al balbuceo chorrra que protagonicé) con ella y que me firmara disco. Momento que recoge esta foto y toda la cara de panoli que soy capaz de tener en situaciones que me sobrepasan. De los subidones post concierto, los saltitos por la calle y la felicidad más etérea, hablaremos otro día
Ay, que al final está pasando lo que me temia: que sólo me acerco aquí muuuy de tarde en tarde y para contar mis otras cosas. No mis experiencias y mis reflexiones del trabajo, no; ésas que iban a ayudar (o no) a los demás, sino todas las demás pamplinas, inquietudes y válvulas de escape.
Así que éste, mi rincón, se llena de música, de libros, de pensamientos, incluso de periodismo; y parece que huyo (más consciente que inconscientemente) de todo lo que tenga que ver con mi trabajo. Y ustedes lo entenderán, ¿no? Cuando una faceta de tu vida te come prácticamente el 100% de ésta, el poco tiempo que te queda (o que te obligas a que te quede) prefieres desconectar del todo. Lo hago aquí y en mi vida.
Hay veces que me asomo al twitter para decir una pamplina, de las mías; aun a riesgo de parecer frívola. En ocasiones me lo pienso, lo de si poner ciertas cosas o no. Pero así soy yo. Y mi twitter es mío. Y no tengo por qué cortarme. Porque necesito del humor, porque es como la válvula de las ollas exprés, ésas que corrigen la presión para que no termine explotando.
Y si vieran mi vida: las horas a las que llego a casa, cuando me pongo a escribir (siempre a deshora y después de haber buscado un rato para ir al gimnasio y haber descubierto que los yogures con fecha de caducidad cumplida de un mes son el comodín perfecto cuando no hay cena) podrán ponerse en mis zapatos y entender por qué acabo escribiendo de los temas que, en principio, eran accesorios, y dejo a un lado los que pretendían ser vertebrales. Me convenzo de que es un excelente ejercicio de higiene mental cuando no tengo la certeza que no soy muy normal.
Y en estas contadas horas en las que no pienso en lo único (y no, no es el sexo, más quisiera), ya con el pijama y dejando en la cómoda los marrones y preocupaciones, en éste autodeterminado ejercicio de higiene mental que me he impuesto, tengo algunos refugios que suelen ser infalibles. Los más seguros son mis amigos, con sus reflexiones serias y las risas a mansalva, sus bucles y las complicidades. Si es que no, tengo a mano siempre una dosis de música, de cine, de series de TV, de libros; incluso hubo un tiempo en el que hacía punto (contar dos del derecho y dos del revés no dejaba sitio en mi mente para mucho más). Incluso la odisea de mantener una cotidianidad es un buen remedio: llegar siempre a deshora al súper, apurar minutos para conseguir que me depilen sin que cierre, poner lavadoras, planchar, ordenar… O me asomo por la red.
Y una parada obligada es el mundo de Jomeini, son las historias de Terro y Susanita, en sus confesables momentos con la depilación (cuánta solidaridad)… En ocasiones acabo a carcajadas porque tiene lo mejor del humor; a saber: seríe de sí misma, advierte su vida y las situaciones con las que tropieza con esa mezcla de ironía y mordacidad; y la cuenta con desparpajo. Por eso no tengo ninguna duda de que me voy a tirar a la tienda a por su nueva obra, el spin of de su blog. Porque si uno de los libros que tienes a manos para escapar de toooodo lo que te pesa tiene lo mejor de Jomeini, es un refugio seguro.
Prácticamente llevo el mismo tiempo fuera que el que estuve dentro. Prácticamente. Podría decirse que ya ha pasado mucho tiempo, he pasado página, y muchos de los que dejé como parte de un paisaje agridulce ya ni están. Si, las últimas veces que he ido a mi antigua casa apenas me han sonado unas caras. Apenas.
Escruto nombres en una lista macabra y no siento más alivio por aquellos con los que no compartí teclados, ni cigarros encadenados, ni inquietudes, ni cierres entrada la noche. Pero algunos de los que están ahí forman parte de mi vida, de mi memoria y de mis vivencias. Puede que suspire aliviada por las ausencias pero eso me hace sentirme ruin. Y no deja de ser curioso. Ruin, yo, que asisto con impotencia a esta sangría y no quienes las propician desgranando años de experiencia, desmontando veteranía, borrando memoria, obviando talento, des-descontanto horas regaladas.
No, no sólo es cuestión de nombres, que también. Los amigos son los amigos y se mezcla el desahogo de saberles a salvo con la desolación de imaginar por lo que están pasando. Tu mundo de contradicciones se hace abismal cuando se abre la caja de pandora de los sentimientos y cuando afianzas la certeza de que tu mundo se viene abajo.
Porque, aunque me fui porque muchos no me querían -ni siquiera esa casa que me duele hoy- parte de lo que soy lo debo a aquella y parte de lo que sé a muchos de los que andan luchando y dejándose la piel por los que quedan y los que deberían quedar. Hay vínculos indisolubles y mi despertar como mujer trabajadora y mis primeros años como periodista fue a los pechos de una señora respetada, que presumía de veteranía, de ser la decana del panorama, que respiraba tinta y olía a papel. Hoy veo que agoniza y no puedo más que dolerme. No por la empresa en sí, válgame Dios, no; sino por lo que ha significado para tantos y tantos compañeros que han contribuido con su trabajo y sus horas a deshora a cerca de siglo y medio de vida local.
Probablemente pensaréis que tuve suerte por irme, porque hubiera quienesconfiaron en mi cuando mi confianza era insignificante y mi vocación iba cogiendo las de villadiego (y mi agradecimiento a ellos es infinito). Igual debería tener más desapego por todos los que intentaron minar mi día a día y todos los que miraban a otro lado mientras esto ocurría, incluida la empresa. Pero ahí se quedó mucho mío, ahí dejé a grandes amigos y compañeros, además de un buen puñado de sueños.
Esta sangría es injusta. El futuro que nos queda es desconcertante. Periodismo, rigor, compromiso, son palabras que se desdibujan ante la tenacidad borradora de empresas sin alma. Ya son 5.000 los que han quedado por el camino. No por ser anónimos son menos dolorosos pero cuando forman parte de tu vida o han formado parte de ella ya es desgarrador. Hoy escribo por Diario de Cádiz porque ha sido mi casa un buen puñado de años, pero es extensible mi ira, mi desolación a todos y cada uno de los compañeros, a todos y cada uno de los EREs, a todos y cada uno de los sueños de periodistas que ven sesgada su vocación como antes vieron dificultada su tarea.
Ya tengo pintada la sonrisa. Lo juro. Recuerdo la aventura de preparar este blog sin tener la más mínima idea, las horas de sofá y ordenador con mi asesora personal aguantando mis manías y obsesiones, los descubrimientos de widgets y plug-ins (¡siiiiiii, ya sé que wordpress.com no soporta plug-ins!) y ese pepito grillo que me decía a diario “manolete, si no sabes torear, pa qué te metes” y no se me borra la risa floja.
¡Qué días aquellos! Como buena patata tecnológica, llegué a publicar dos “probando, probando”, “me se escucha” mientras hacía pruebas de las distintas opciones de temas, presentación y demás; al más puro estilo de Mortadelo y Filemón en la TIA. Porque otra cosa no, pero probar, lo probamos todo con tenacidad, que para eso una es obsesiva y perfeccionista hasta en la obsesión y la perfección.
Y después llegó el gatillazo en forma de lanzamiento. Ese parto fallido que requirió de fórceps y el trabajo en equipo de un buen puñado de gente. Una muestra más de mi destreza digital. La hora del blog estaba con la de Helsinki y yo quería publicar a las 12 de la noche de aquí así que programé ilusionada mi primera entrada para esa hora mágica del inicio del mes que para mi inicia el año (¿no comienzan todos los coleccionables en septiembre, además del curso escolar?). Y a las doce todo seguía igualito, salvo mi pulso que se estaba desbocando y mi boquita que comenzó a soltarse. Porque además cometí el tremendo error de publicar un par de tuits creando expectación, que para eso veía yo hacerlo a diario a un montón de blogueros.
Lo que ocurrió a continuación pasará a mi catálogo de anécdotas para los restos de la vida. El twitter se volvió loco a menciones (bip, bip bip), otra (bip, bip) contribución (bip, bip, bip, bip) colectiva; yo (bip, bip) miraba de reojo (bip, bip bip) y me descojonaba (bip, bip bip, bip, bip bip) con las ocurrencias de la peña mientras (bip, bip bip) intentaba, con mis limitados (bip, bip) conocimientos de esto (bip, bip bip, bip, bip bip) (ahhhhhhh) qué coño era lo que estaba pasando para que no se publicara mi flamante blog. No sé si Jobs o Gates pero alguien me iluminó, dí con el problema, lo solucioné y casi 20 minutos después de lo esperado, nació A propósito de un caso. Mi criatura.
Ha pasado un año. ¡Un año! Tengo más canas, menos paciencia, no sé si más sabiduría pero sí más dudas y contradicciones. Y una criatura que no atiendo lo que me gustaría (27 entradas en un año no son una marca para someterla a una competición) pero que me da algunas satisfacciones que a la vez me provocan un vértigo atroz. No voy a entrar en el número de visitas: para mí son una inmensidad que me lleva a la hiperventilación (¡tanta gente mirándome y leyendo mis pamplinas!) pero probablemente haya quien reciba éstas en un día. Pero hay un montón de peña que se equivoca clicando y acaban en esta casa. Sólo así entiendo que me visite gente de México, Argentina, Colombia, Estados Unidos, Reino Unido, Venezuela, Alemania, Chile, Noruega, Perú, Uruguay, Guatemala, Ecuador, Australia, Costa Rica, Bolivia, Islandia, Rusia, República Dominicana, Paraguay, Nicaragua, Bélgica, Honduras, Portugal, Polonia, Finlandia, Puerto Rico, El Salvador, Japón (¡¿Japón?!), Haití, Dinamarca, Panamá, Georgia, Guinea Ecuatorial, Brasil, Rumanía, Italia e India. Me lo expliquen.
De las diez primeras entradas en número de visitas, sólo tres son sobre mi trabajo, lo que deja claro los intereses del público multicultural y políglota que recae por aquí. Tampoco pasa nada porque cada vez escribo menos de trabajo y más de todo lo demás porque al final esto se ha convertido en una válvula de escape, esporádica, pero eficaz. De los 244 comentarios, 90 son míos, así que la estadística patillera sólo habla de mi exquisita educación contestando vuestras aportaciones. Y poco más puedo añadir.
Sólo que sigo fiel a mi intención de que esto sea un refugio y no una obligación aunque procuraré refugiarme más a menudo si el trabajo y disfrutar de la vida me lo permiten. Y que a pesar de la hiperventilación y la sudoración con el miedo escénico (también digital) de saberos ahí, sólo puedo agradeceros que tengáis tiempo y paciencia de atender las pamplinas que escribe esta chupacharcos que se ha metido a bloguera y que ya va adquiriendo rango de veterana. Y si no os importa, seguiré hablando de mi música, de mis libros, de mis amigos, de mi cine y del periodismo. Porque son las cosas que me apasionan y que me hacen sentirme viva.
Y ahora, intentaré programarlo, a ver si he aprendido en un año.