Nunca da tiempo

cojinesNo nos dio tiempo de sabernos las cicatrices, aquellas que tatúan el cuerpo, que las de las almas llevaría una eternidad. No nos dio tiempo de entrelazarnos en lo cotidiano porque todo tuvo algo de fortuito, de fugaz. No nos dio tiempo de empezar cuando ya estábamos acabando. Así ha sido esta vez, así fue recién, y hasta casi que recuerdo.

Nunca da tiempo de proyectarse en el calendario porque son historias sin más, de una sola hoja; ni de sabernos uno nada del otro porque apenas desgajamos la complicidad de un encuentro. Nunca da tiempo de hablar en plural porque nunca llega a tratarse de nosotros.

Igual alguna vez dé tiempo. Quien sabe. En algún momento, a lo mejor hay alguien que se quede. Tal vez. Igual, algún día, un osado quiera explorar mañanas de periódicos y cafés concatenados sólo porque desee alargar el tiempo de las noches entre sábanas blancas. Puede que, sin buscarlo, un propio encuentre acomodo entre estos cojines que me hablan de África para recorrer sin moverse maratones de cine, preludio de una cama que se extiende desde el whatsapp casual para saber de mi. Alguien que quiera también abrirme su casa para que la radio, la charla y el chup chup de un guiso se entremezcle en mañanas de domingo sin más vocación que estar así, que reír y hablar.

Y no lo echo de menos. No tiene sentido. No puedes extrañar lo que nunca has tenido. No puedes añorar la complicidad que nunca has regalado ni de la que jamás te han hecho partícipe. No tiene lógica que pienses que sería bueno algo que no sabes cómo es. Porque igual no es bueno. Igual aburre. O tal vez no. Pero igual, alguna vez, dé tiempo.

La primera vez

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Escaleras del metro de Ciudad de México (de mi IG)

Eso sí que es una primera vez. Y es más un regalo que ninguna otra primera vez.

Nada te quitará el vértigo previo de saber si habrá conexión, emoción, piel; si lo que imaginas que ha de llegar permitirá que termine estando a la altura lo que quiera que sea que llegue. Y los acercamientos, las notas primeras, envuelven un halo de expectativas que acarician como toda promesa. Entonces, las palabras van dando en la diana y hay ritmo, son, cadencia…

Escuchar una canción por primera vez sí que es una primera vez. Es un descubrimiento que se te va ofreciendo poco a poco, un hallazgo que llega en las primeras notas, que continúa en el estribillo, que te asalta en los giros. Y hay canciones tan buenas que te tatúan una sonrisa, como a un Indiana Jones ante el templo perdido, porque ese hallazgo es tuyo, se te ha dado a ti. Y no se cae en la siguiente frase, mejor que la de antes; ni en la que viene detrás.

Hay canciones que te dejan con ganas de más, como una buena primera vez. De más de todo esa ola de sentimientos que te ha embargado en esos cuatro minutos de combinación perfecta de música y pensamientos. Y vuelves a escucharla. Y ya no es la primera vez pero no dejas de descubrir nuevos matices y las letras se desnudan de nuevo, de otro modo, con otra entrega. Y esa canción es más tuya porque tú la has descubierto, una y otra vez.

Escuchar una canción por primera vez sí que es un regalo, que mantiene en vilo las ganas. Porque lejos de desenvolverse de una sola vez, como un atragantamiento, se ha desgajado en cachitos, cada uno empaquetadito con su celofán, que vas desprendiendo y saboreando, uno a uno, hasta que descubres la sorpresa global, que se aparece cuando encajan todas la piezas.

Escuchar un disco por primera vez sí que es una primera vez. Es un regalo de regalos. Y hacerlo antes que los demás, es un privilegio que quiero agradecer así. Con toda la modestia.

Vieja amiga

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Superviviente (de mi IG)

Vieja amiga, has vuelto. Te he sabido reconocer, a pesar del tiempo pasado. Fue una sonrisa, una sólo, al leer aquel “buenos días”, y supe que habías regresado, con lo bueno y con lo malo. Y que no era hambre, no, ese entripado que se expandía cuando contaba los pasos para llegar al punto determinado, a la hora concreta.

Y mira que te he temido, que te he huido, que te he anulado -apenas notaba tu presencia-, que me he parapetado en tu ausencia ante el miedo a que te fueras tal y como llegaras. Y mira que te he negado, renegado, requetenegado, como una etapa proscrita, un sarampión que no quería pasar, una enemiga más que una aliada.

Vieja amiga, entiéndeme. Cada vez que te has presentado, te ha seguido un vahído de amargura y soledad; un regusto a broma macabra que venía a gritarme “cómo has sido tan tonta de pensar que esto te iba a pasar a ti”; un descenso imparable en el Dragon khan de los sentimientos, el mismo que antes me llevó a las alturas.

Hoy puedo reconocerte, y hasta reconocerme, que es tal vez lo más importante. Y estoy dispuesta a saborearte, y a que estas mariposas que revolotean en la tripa no se me terminen atragantando; y a que las sonrisas ante los mensajes mañaneros no dejen de asomar; y que suenen las canciones con otro ritmo y me permita yo ver los días con esos rojos, esos naranjas, esos blancos, esos azules.

Ilusión, vieja amiga, compadécete, eso si. No llegues atropellando, hazlo pausado, sosegado, poco a poco, que eso no resta intensidad pero amortigua los efectos colaterales que vendrán más tarde, cuando te marches por donde has venido. ¡Pero es tan bonito sentirte hoy así! Que estoy dispuesta a saborearte aunque le siga un vahído de amargura y soledad.

La gastritis

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Escape (anillo comprado en Boston. De mi IG)

El doctor escuchó pacientemente los síntomas que le iba relatando: aquel dolor agudo donde comienzan las costillas, aquel desgarro que le hacía doblarse… Le hizo un par de preguntas y lo tuvo claro, sin necesidad de pruebas adicionales:

“Tiene usted gastritis. Lo suele originar el estrés, la mala alimentación… Pero usted tiene una causa distinta: todas las palabras que quería decir y no dijo se le han hecho bola y le han afectado al estómago. Seguro que tendrá también atorados todos los sentimientos que ha relegado, incluso los gestos que quiso compartir y no hizo; las caricias, abrazos, besos… que reprimió”. Tras el diagnóstico, llegó el tratamiento: “Le voy a recetar un IBP que tendrá que tomar a razón de uno al día”.

Sabía ella lo que era un IBP y tiró de pedantería: “inhibidor de la bomba de protones, para anular los ácidos”.

“No, éste es otro IBP. Es un incentivador del bombeo de palabras, que le ayudará a sacar todo lo que tiene ahí hasta que se pase ese dolor”.

Probó con la primera pastilla y apenas minutos después regurgitó aquel “te echo mucho de menos” que llevaba semanas callando. Y hasta se sorprendió de lo rotundo de la manifestación, de la fuerza con la que lo dijo. Más tarde, en forma de flato florido llegaron algunos “tengo muchas ganas de verte” que aún estaban frescos en la recámara. Iba por la calle soltando “mis ganas irremediables de besarte” o “por qué no pasamos juntos un fin de semana”. Y el que más costó, por lo enconado, fue ese “te quiero” que no dijo ni ésta vez, ni la anterior, ni casi desde que recuerda.

Con cada frase liberada se le iba aliviando la presión en la boca del estómago pero llegó un vacío insoportable. ¿De qué servía soltar, por fin, todo aquello callado si, a la postre, no tenía destinatario? Descolgó el teléfono, le marcó, y llegó a tiempo para que un contundente “esto no es lo que quiero” cumpliera, al fin, su objetivo.

 

Ese olor

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Liturgia de verano (de mi IG)

Ese olor. Ese perfume de las tardes de verano en las que una niña con coletas rubias se asomaba sobre una encimera de formica -que imitaba malamente al granito- para ver cómo, al calor fuerte de una carmela, iban cambiando de color hasta casi mudar la piel.

Siempre la misma liturgia, la que seguía su madre, que entonces lucía un lunar en la frente -que se llevó una cirugía- y un roete prieto -que ha claudicado por la naturaleza rizada de su pelo-, y que ahora imita ella de manera innata: un plástico y un paño cubren aquellos recuperados de la plancha con dedos rápidos, para que suden y se desprendan de la piel con mayor facilidad. Y las manos metidas en faena, y el trámite de eliminar todo, de partirlos, de aliñarlos.

Ese olor. Ese olor que siempre estará compuesto de gotas de verano, con toques de nostalgia, con tintes de hogar y la sonrisa de una madre que le enseña cómo hacerlo bien.

Ese olor que es capaz de transportarle a cuando apenas ganaba un palmo a la encimera y las coletas doradas animaban su cara, siempre curiosa.

“Esto siempre me recuerda a ti, mamá”, escribió en whatsapp acompañando una foto con tiras rojas en proceso de aliño.

Ese olor es el verdadero olor de la casa, de la memoria, de la familia. Tan sencillo, tan cotidiano, tan de verdad, que tiene que plegar recuerdos y enjugar las lagrimas ante tanta evocación. La de ese olor.

Ese punto

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Ese punto (recogida de El Silencio, de mi IG)

A veces me lo imaginaba como una isla huérfana de archipiélago, un accidente geográfico que no debía estar ahí; como un adorno ectópico que quedó desperdigado del cajón de las cosas de ornato, que tan bien encajaron y conformaron tu cara. Y me sonreía para dentro.

Me fascinaba. Tiene algo de un punto suspendido en un abismo al que se resiste a caer. Del inicio del grafiti que nunca llegó a más que la mera intención plasmada en un instante.

Me gustaba besarte justo ahí, besarte ese lugar imposible, ese lunar que asoma como un finisterre sin faro porque es el punto en el que para mí eras más tu.

Requiem

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Mi compañera de mesilla (Foto de mi IG)

Dudaba. No sabía muy bien qué hacer con aquello. Se veía venir su final, los achaques del paso del tiempo ya estaban haciendo mella, también físicamente. Nada de aquellos inicios lustrosos, de aquella potencia que le hizo elegirla. A modo de eutanasia, sin premeditar, la desconectó de toda alimentación (también la de la triple A) y se mantuvo un rato mirándola. No podía abandonarla, sin más; no podía acabar en la basura, ni siquiera en la parte correspondiente del punto limpio.

Debería haber un sitio donde depositar tantas horas de compañía, de información, de risas, de magia. Debería haber un depósito en el que quedaran las charlas entre susurros que llegaban en noches de desvelo, la adrenalina de las últimas noticias, incluso de las pésimas; las narraciones deportivas -que no le permeaban- y las voces que le había acompañado durante tanto tiempo, casi cada minuto, formando parte de sus ruidos certeros, esos que le dan cercanía, esos que le dan fiabilidad.

Aquella vieja radio no metabolizaría más ondas ertzianas, ni, por ende,  más actualidad, ni más análisis, ni más música, ni mas goles; pero le había sido fiel transmisora durante tantos años… atravesando cortinas de la ducha, sueños REM, ruidos de aspiradores y de sofritos haciéndose a fuego lento. Cambiaron las cortinas de ducha, las camas, los baños, los códigos postales, pero las voces que acercaba ese viejo cacharro se mantuvieron en el tiempo y en la distancia.

Dudaba. No sabía qué podía hacer con aquella radio pero seguro que no podía tirarla a la basura, ni al hueco del punto limpio al que quiera que vaya. ¿Dónde van los transistores que mueren, las charlas que callan, las ondas que no son interceptadas, ni deglutidas, ni servidas? ¿Dónde puede acabar la banda sonora hablada que ya no es?