Llegar a tu destino

Constatación de la edad

Constatación de la edad

Debe ser la edad, la madurez, el pre-pureteo. Deben ser las canas, que tiñen mi pelo de tiempo y asientan en la mente sabiduría. O quizás sean las arrugas, que señalan el mapa de la vida, que acentúan allí dónde pones tú el acento (si es en el ceño fruncido o en la sonrisa amplia). Incluso tal vez sea la realidad que asoma a mi espejo, mostrándome una mujer que no creía ser mientras seguía agazapada en una chica que ya me temo que no soy.

Algo de todo esto debe ser, aún tengo que averiguar qué. Porque ya no tengo tanta prisa, sin que esto signifique renunciar a las ganas de paladearlo todo; ni tanto dolor, a pesar de que los desengaños sigan moreteando el alma y las ojeras; ni tan profundas decepciones.

Al final, las decepciones son culpa de uno. Tú te decepcionas, no te decepcionan (el reflexivo importa); por proyectar más de lo normal, incluso de lo sano, en según quien; por no darles tregua a fallar, a equivocarse; o simplemente a ser quien nunca dejó de ser.

Quizás las canas, las arrugas, el bíceps camino de colgarse son sólo las señales que te indican que estás llegando a un destino; a ese sitio donde encuentras perspectiva, donde le das importancia a las cosas sin desmesurarte en la reacción, donde encuentras sosiego en los detalles más insospechados y donde disfrutas de un inimaginable poder: el de saberte dueña de tu cuerpo y de tu mente.

Debe ser que estoy mayor cuando son estas reflexiones las que me vienen a la cabeza. Pero me he visto ante el espejo y no he reconocido a la mujer que me encontrado.

Los que no daremos

La Caleta

La Caleta

Los besos que no nos dimos duermen sobre alguna roca. O igual los arrancó el levante justo cuando iban a zarpar a los labios del contrario. Tal vez se cayeron en alguna conversación, de esas interminables, de esas sobre todo y sobre nada, mientras jugábamos a no sentir, a no pensar, a no pasar.

Los besos que no nos dimos esperan a ser descorchados, al igual que tantos vinos que aún nos quedan por probar. Incluso a ser descubiertos, como esa lista de manjares pendientes de paladear. Esperan a ser vividos, como tantos días de playa que quisieron ser y no fueron.

Los besos que no nos dimos quedaron colgados de una cancela, a la vera de la Puerta Real, donde no llegaron a protagonizar despedida o bienvenida alguna. Puede que también quedaran a la deriva, entre olas y barquillas; o entre columnas blancas y las luces intermitentes de un faro. O fueron desechados sin más en alguna tasca, entre cáscaras de caracoles y serrín.

Los besos que no nos dimos quien sabe dónde anden, quién sabe a quién les pesen, quién sabe si volverán, por mucho que ellos aguarden. Los besos que no nos dimos son los daños colaterales de andar descompasados, son las víctimas de no coincidir en el espacio y el tiempo, son damnificados de la indecisión.

Los besos que no nos dimos son eso, besos en pasado, besos que no existieron, besos que no hicieron estremecerse a ninguno, besos que no jugaron con la risa y con los nervios, besos que no nos hicieron descubrirnos al otro.

¿Qué será de los pobres besos que no nos daremos?

Ni una más, Cádiz

Desconsoladas por la muerte de Michael Jackson

Desconsoladas por la muerte de Michael Jackson

No contadme que Los del Perchero están ya en Encarnación y que su repertorio es otro despliegue de ingenio y brillantez. O bueno, sí. Contádmelo. Y mandadme fotos. Y vídeos. Y audios.

No me insinuéis que las palmas y los tangos se arremolinan por la calle Londres, bajando para la plaza, llegando hasta entrado Hospital de Mujeres. O bueno, sí. Insinuadlo. Gritadlo. Y que las falsetas viajen y crucen el atlántico para que me erice la piel tan lejos de Garaicoechea.

No buscadme en el callejoncito de la calle Rosario, justo al pairo del Levante del Café para ver de qué van este año los Suspiritos de España. Ni mandadme, porque no van a estar, las coplas de los inquilinos de la calle Valenzuela, esos Guatifó (que fueron universitarios, texanos con casinos, banqueros, espías, soneros o fumadores empedernidos) , cuya ausencia este año va a ser mucho más notoria y notada que la mía. Pero no más dolorosa.

Porque la nostalgia lleva días agarrándome en la garganta y bañándome las mejillas. Porque es la primera vez en mi vida de gaditana militante, la primera vez, en la que no estoy arremolinada en las calles para empaparme de coplas y beberme Cádiz en esos rinconcitos que tú y yo sabemos. Porque si bien es la única religión que me permito, perderme esa liturgia sin horario ni sede, duele. Porque esta fiesta loca y libre, ingeniosa y desbordante, es una parte de mi de la que no puedo despojarme.

Y eso que he tenido una buena ración de Carnaval. Sin transistor, ya. Con app y web. Y he tenido cada día un poco del Gran Teatro Falla en el Gran Teatro Molière en el que, entre reunión y reunión, le daba al volumen para enganchar las coplas que pudiera y me dejara los inconvenientes de que el 3×4 suene en otro huso horario. Y eso que he tenido toneladas de cariño del grande, vía app y web, vía twitter y facebook, gracias a Juan, a Javi, Ana y todos los que me han hecho sentirme allí, aunque siguiera aquí, Gavilán Pollero incluido. Y eso que en nuestro grupo de whatsapp estaba on fire comentando las coplas y los cotilleos. Y eso que #lamiamamma me tuvo bien al tanto de la Gambada, el estreno del coro callejero y las glorias de mi hermanito.

Agradezco todo eso. ¡Qué más quieres, Baldomero! Pero necesito más. Necesito encaramarme al palco descubriendo letras y advirtiendo detalles, dejarme llevar por las palmas del teatro, sentir la emoción de los fallos, incluso soltar pamplinas varias a esa alcachofa a la que me había acostumbrado. Necesito sonreírme con los guiris que ya van vestidos de presos o médicos en la mañana del sábado (cosa que sólo hacen los de fuera mientras los de Cádiz vamos a desayunar donde siempre). Necesito despertar el domingo sabiendo que volveremos a quedar tarde, como siempre, pero que Soco, Salu, Pepe, Paz, Ana, Mónica, tal vez Charo e incluso Anago se van a venir y vamos a buscar juntas dónde están las callejeras, cerveza en mano y risa puesta. Necesito reservarme el lunes, ése que ya sabía mi jefa que era impepinable. Y necesito apenarme el Domingo de Piñata. Qué pronto acaba lo bueno. Y desear que llegue el Carnaval Chiquito para despedirme hasta otra.

Prometo dejar de llorar. ¡Qué contradicción en la fiesta de la alegría! Prometo soltar el apipirigañamiento y alegrarme. Y disfrutar con todo lo que me compartáis. Y con que queráis que en cierto modo lo viva yo con vosotros. Tan lejos. Y prometo, como Scarlata, (y cambiando el nabo -blam blam- por un plumero, más dos churretes en la cara) que nunca más volveré a pasar… los carnavales fuera. Ni una más, Cádiz. Como ésta, ni una más.

Encuestas con cuchara de palo

No sé muy bien qué objetivo de comunicación perseguían, me gustaría que alguien me argumentara el por qué del emplazamiento, de la ubicación, del atrezzo… Porque es con todo lo que me he quedado de lo que pretendían comunicar y con absolutamente nada del mensaje. Por más que lo intento, la secuencia queda más o menos como sigue…

Cocina y encuestas… “¿qué está guisando? ¿tomate? Mira, es de cuchara de palo. A ver si se le quema con tanta argumentación, que el sofrito tiene sus vueltas”

Nosotros somos muy cautos “¿y esos visillos? ¿Qué son un flamenco? ¿El pájaro de Big? ¿Están hechos a mano o son de pega? Qué pechá de croché… espero que no nos hablen de tejer redes mientras se echan una colchita de ganchillo”

Plantea una alternativa al voto... “¿Qué tiene colgado al fondo? ¿Un tendedero? ¿Y es un tapete lo que seca? Menos mal que no son tanguitas. Alternativa habría sido si colgaran bragas de cuello vuelto”.

No sé cuántos han procesado lo que querían decirnos, espero no ser la única frívola del equipo, pero la manera de presentar este vídeo tiene todos los errores que se puede evitar en comunicación, y el principal es que nos perdamos en la transmisión y no recordemos lo transmitido. Y esto es de primero de comunicar. Sin abordar la frustración como mujer de que se enmarque a las féminas en las cocinas, de donde hemos peleado durante años por salir.

Besos como proclamas

Días en rouge

Días en rouge

No volaron mariposas en la tripa pero sí el vértigo de volver a sentir. No era el preludio de nada grandioso ni perdurable pero sí darle una oportunidad a lo que quisiera que llegara a ser (o a no ser). No fue un gran beso, apenas uno rápido, que sonaba a trámite aderezado con excusas, pero arrancarlo fue todo un manifiesto, arraigado de convicciones: no iba a dejar de intentarlo.

No, no iba a desistir por mucho que el corazón apenas se hubiera ensamblado desde la última vez que se hizo añicos. Las cicatrices no podían extenderse hasta sus ilusiones. No debía volver a dejar que ese hielo, ciertamente protector, terminara siendo su hogar, por muy cómoda que se hubiera sentido durante años en ese invierno. No podía dejarse vencer; tampoco por los que pisotearon su entrega. Apretó los puños y se dijo “volveré a caerme con todo el equipo”.

Y con esa conciencia de montaña rusa estampó ese beso. Y se quedó en sólo eso. No dio para más. Y nadie más supo que sí; que fue mucho más: la proclama de que no iba a darse por vencida. A pesar de las veces que pisotearon su entrega. A pesar de que volvió a caerse con todo el equipo.

Aunque medie un océano

Cartel de una exposición en Cádiz semanas antes de venirme

Cartel de una exposición en Cádiz semanas antes de venirme

No son mi pasado. Y me niego a dejarlos atrás. Son mi presente más inmediato, aunque medie un océano y un cambio de continente y hasta de hemisferio. Y espero que sean mi futuro, los que continúen apoyándome, consolándome, riendo conmigo, alegrándose por mi, compartiendo sus vidas, aunque medie, o no, un océano, un cambio de continente y hasta de hemisferio.

Y mira que hay quien dejas atrás, con más o menos pesar, en tu transcurso vital. Algunos, los que más duelen, quedaron por tu error, por no estar al altura, por fallarles. Y esos siguen formando parte de tus recuerdos, no sin cierto dolor. Y los errores que te llevaron a perderlos para siempre, al menos quedan para enseñarte a ser mejor persona, a tener más compromiso, a hacer tu fidelidad más inquebrantable. Después están los otros: quienes desaparecieron sin más; bien por tu desidia, bien por la suya; por sus malas artes también, porque no aportan a tu día a día lo bueno y equilibrado que tienen que aportar (aunque se vengan mal dadas, aunque se pasen malas épocas, aunque no se den las mejores circunstancias)

No son mi pasado, sí mi presente y mi futuro. Y me lo demuestran a diario con un mensaje por whatsapp (a veces con conversaciones multitudinarias que arrancan sonrisas y carcajadas), con fotos con chocolates y churros, trayéndome atardeceres en mi caleta, con simples “me acuerdo de ti” o con oportunísimos “tú puedes con todo”. Son mi presente, cada día presente, gracias a las tecnologías que tienen tanto de bueno como de malo, que me han permitido conocer a gente maravillosa que después llenan mi vida no virtual, tomando vuelos si hace falta darme un beso de despedida.

Quizás ya la distancia no sea el olvido. O incluso sí, también, claro que sí, para la gente que merecía la pena olvidar (estando o no en España) la gente que sacas de tu vida porque no merecen ni un segundo que compartir con ella. Pero los que te la llenan, los que te abrazan rinconcitos del alma, los que te ayudan a sonreír y a vivir han forjado vínculos tan fuertes que ni mediando un océano, ni cambiando de continente ni de hemisferio se es capaz de romper. Y sus silbidos llegan. Y los tuyos reciben respuesta. Porque aquello de “si me necesitas, silba” sigue funcionando aún aquí.

Y llegan nuevas personas a tu vida con las que no sabes si forjarás este tipo de relación, ya se verá; a las que no sabes si acabarás silbando en demanda de ayda o atendiendo a su chiflido, pero con las que tienes conversaciones que te hacen recapacitar sobre todo esto. Y concluir con cabezonería que no son mi pasado. Seguro mi presente y ojalá también mi futuro. Porque mis amigos son una parte fundamental de lo que yo soy.